Episodio 5: La historia del escepticismo
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He estado meditando en la situación actual de incredulidad general que estamos viviendo en el mundo. Hay una crisis en la confianza hacia todos los sistemas establecidos, principalmente hacia la religión, la política, las corporaciones y la ciencia, o sea, básicamente hacia todos los poderes que tradicionalmente han mantenido el monopolio de la “verdad”. Y pues tenemos que ser sinceros y comenzar por aceptar que todas esas instituciones nos han engañado con mayor o menor frecuencia pero entonces, si no vamos a creer en las instituciones que hacen parte de esos sistemas, entonces en quien se supone que creamos? ¿En nosotros mismos? Ese parece ser el camino.

Pero vamos por partes, creo que hay que analizar el fenómeno de la manipulación y el engaño porque no es homogéneo en todos los casos. Las motivaciones y los métodos para la mentira dependen mucho de los objetivos de cada entidad y en últimas, de cada individuo que pertenece a ellas.

En un episodio anterior compartí que ha habido experimentos sociales que comprueban que los seres humanos tenemos la tendencia a formar élites que saquen provecho de los menos favorecidos para asegurar su supervivencia o simplemente el mantenimiento de su posición dominante. Es evidente que la mentira es casi que un prerrequisito para la simple existencia de esas élites. Los políticos mienten para convencer a sus electores de que ellos son los indicados para gobernarlos y luego para maquillar las mezquindades que comenten. Los más multimillonarios nos dicen que su posición privilegiada se debe enteramente a su esfuerzo y liderazgo, sin contar con su origen de cuna de oro o la influencia que ejercen con su dinero en los otros poderes para agrandar su riqueza.

En fin, esto se ha sabido desde siempre y ya se considera como un mal necesario: La democracia y el capitalismo perpetúan unos vicios pero al menos no son tan terribles como casi todas las demás formas de gobierno y organización que hemos conocido: las dictaduras, el comunismo, el feudalismo, el colonialismo y la mayoría de las autocracias, incluso la mayoría de las comunidades indígenas tienen un récord de injusticia e irracionalidad y/o atraso tal que nos convencieron que el sistema actual es la única alternativa sensata. Como decía Winston Churchill “la democracia es el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás que se han inventado”.

El consenso parece ser que con todo y sus mentiras, corrupción e inequidad, el capitalismo y la democracia son lo mejor que podemos tener así que nos tragamos sus mentiras con resignación. Podría ser mucho peor!

Pero entonces nos quedan dos sistemas que tradicionalmente se han vendido como custodios de la verdad: la religión y la ciencia. Ambos soy hoy por hoy blanco de la incredulidad de las masas y muchas veces culpabilizados por muchos de los males del mundo moderno.

Con la mayoría de religiones que basan su cosmogonía en revelaciones divinas, sólo hay dos posibilidades: O de verdad existen deidades que pueden comunicarse con el ser humano y revelar la verdad, o todo lo que está consignado en los textos sagrados es creado por humanos que o bien creen que fueron inspirados por la divinidad o deliberadamente engañaron para darle poder a sus ideas.

Si la primera posibilidad fuera cierta, tendríamos que aceptar que solamente hay una religión verdadera y las demás serán falsas además que aceptar muchas teorías que van en contra de lo que la ciencia ha comprobado en los últimos siglos. Si la realidad es que hubo personas que escribieron los textos sagrados a sabiendas que era su propia inspiración in no la Dios la que los dirigía, entonces también hay dos posibilidades: que el engaño buscara un interés personal o de élite, o que genuinamente buscara algún tipo de bienestar para la comunidad a la cual estaba dirigido.

Pues esto último es precisamente lo que Yoval Noah Harari plantea en su libro Sapiens: La religión es la forma a través de la cual las sociedades primitivas lograban que muchos individuos colaboraran para el bien común. La cosa es más o menos así: Cuando vivíamos como cazadores-recolectores, los seres humanos formaban grupos pequeños de 10 o 20 individuos que se movían constantemente en busca de alimento y otros recursos. Así fue durante cientos de miles de años y entonces nuestro cerebro evolucionó con la capacidad de mantener un puñado de relaciones con otras personas, crear lazos de confianza y la habilidad de determinar rápidamente las malas intenciones o el engaño en esas personas.

Esta es la razón por la cual aún hoy en día, los humanos somos más o menos eficientes en juzgar la sinceridad en personas que conocemos desde hace tiempo, como los miembros de nuestra familia.

El caso es que hace 10,000 o 15,000 años, los seres humanos descubrieron la agricultura y pasaron de cazadores-recolectores nómadas a asentarse en pequeñas parcelas. Con el tiempo estas parcelas se convirtieron en comunidades, luego en poblados y de repente, después de millones de años de evolución en pequeñas manadas, tuvimos que aprender a lidiar con comunidades de docenas, luego cientos y luego miles de individuos.

Pues nuestro cerebro no había desarrollado la capacidad de crear lazos de confianza con tantas personas. Más bien lo contrario, instintivamente desconfiamos de los individuos que no pertenecen a la misma manada, a la misma tribu. Ojo que no digo “desconfiábamos”, digo “desconfiamos”, porque en unos pocos miles de años es relativamente muy poco lo que un órgano tan complejo logra evolucionar.

El caso es que de repente tuvimos la necesidad de cooperar ya no entre unos cuantos sino entre miles y la desconfianza era la relación predominante. Esta es la razón por la cual la guerra se convirtió en nuestra compañera desde el principio mismo de la civilización: nuestro instinto nos dice que sólo podemos confiar en nuestro grupo cercano, que los “otros” necesariamente van a tratar de aprovecharse de nosotros, cuando no exterminarnos del todo.

Y así fue, conflicto tras conflicto nos empezamos a diezmar hasta que una solución empezó a emerger: Los líderes de las tribus empezaron a contar historias sobre Dioses que los observaban desde el cielo, que los eligieron como sus hijos y que demandaban total lealtad a cambio de proveer alimento, salud y larga vida. Eso parecería algo difícil de creer pero había un argumento poderoso: cada vez que un miembro de la tribu moría inesperadamente o que una plaga atacaba cultivos, animales o personas, el sabio del grupo decretaba que tal tragedia era el castigo por haber incumplido la voluntad de su dios. Cuál había sido el pecado? Bueno, eso había que investigarlo, entonces se disponían a revisar las últimas acciones de la comunidad y algo había que encontrar. Podía ser que alguna pareja había tenido relaciones sexuales sin la bendición de los mayores, o que una mujer con el período había estado cocinando, o que habían olvidado hacer una ofrenda a la divinidad.

Cualquier cosa que no fuera rutinaria en la comunidad podía ser sospechosa de haber causado la ira divina. Pero en todo caso había que encontrar algo para afianzar la creencia en el poder divino, y sobre todo para mantener el orden del grupo.

Esto suena terrible pero la verdad es que el miedo al castigo divino y el respeto por la autoridad permitieron superar la desconfianza instintiva entre tribus. Si la tribu de al lado temía al mismo Dios, entonces podíamos estar tranquilos que ellos también obedecían las mismas leyes. Una de esas leyes invariablemente era: “No haréis daño a tus semejantes”. El problema era cuando se encontraban tribus con credos distintos, pero así, a fuerza de guerras, invasiones y expansión de algunos credos, los grupos de confianza crecieron hasta tener millones de miembros que podían cooperar hasta cierto punto.

Sin la religión no habríamos podido lograr una civilización global.

Sin embargo, poco a poco se fue abriendo camino otro tipo de conocimiento. A lo largo de la mayor parte de nuestra historia, las únicas herramientas que teníamos para conocer la verdad aparte de las revelaciones divinas, eran nuestros sentidos, nuestra mente, la experiencia y cooperación para discutir y discernir a través del debate. Esto último era lo que hacían los filósofos de la antigua Grecia cuando llevaban sus observaciones sobre el mundo al ágora central, debatir y tratar de revelar así la verdad.

De esa forma se lograron muchos avances especialmente en el campo de las humanidades y algunos principios científicos porque le debate servía para depurar hasta cierto punto las falacias y los sesgos que inadvertidamente se introducían en sus análisis.

Seguramente habrá habido filósofos que deliberadamente proponían mentiras para lograr algún beneficio personal, pero era muy probable que sus argucias fueran desbaratadas por otros filósofos con mejores argumentos. De cualquier manera, por más esfuerzo y buena voluntad, había temas que se salían de las posibilidades de discernimiento de la mente. Cosas como la física cuántica, la teoría de la relatividad o incluso la física mecánica, no corresponden con la lógica intuitiva del ser humano ni se pueden analizar con el simple uso del sentido común. Por esta razón, los Griegos no lograron encontrar respuestas a preguntas importantes como el origen de la vida, o la naturaleza de la consciencia o nuestro lugar en el universo.

Pero los métodos de experimentación, debate de ideas y comprobación de resultados como una forma de entender el mundo, fueron permitiendo importantes logros. Los griegos y en particular Pitágoras, Euclides y sus pupilos adoptaron la matemática como una herramienta para comprender el Universo, al observar que muchos fenómenos observados parecían corresponder con los resultados predichos por ecuaciones. Todos hemos estudiado sus principios de geometría y trigonometría que todavía se aplican en arquitectura, física, astronomía, navegación y muchas otras disciplinas. Arquímedes comprendió el concepto de volumen y flotación de los cuerpos cuando se bañaba en su bañera pero gracias a las matemáticas, fue capaz de explicar y sustentar sus descubrimientos ante otros estudiosos.

Pero el caso que siempre me ha llamado más la atención es el de Eratóstenes, alrededor del año 225 AC, que fue capaz de medir casi con exactitud la circunferencia de la Tierra usando estacas, luz solar y mucha paciencia.

Estando en la Biblioteca de Alejandría, encontró un informe de observaciones sobre Siena, ciudad situada a unos 800 Km. al sur de Alejandría, en el que se decía que el día del solsticio de verano (21 de junio) a mediodía, los objetos (como por ejemplo, los obeliscos) no producían sombra y en el fondo de los pozos podía verse la luz del sol. Esto se debe a que está ciudad está sobre la línea del trópico (en realidad, 33' al norte del Trópico de Cáncer)

        Eratóstenes se dio cuenta que, en Alejandría, el mismo día y a la misma hora no se producía este mismo fenómeno. Asumió de manera correcta que el Sol se encontraba a gran distancia y que sus rayos, al alcanzar la tierra, lo hacían en forma (prácticamente) paralela. Esto ratificaba su idea de que la superficie de la Tierra era curva pues, de haber sido plana, no se hubiese producido esta diferencia entre las dos ciudades. El siguiente paso fue medir en Alejandría el ángulo que formaban los rayos del sol con la vertical que por construcción es igual al ángulo cuyo vértice está en el centro de la Tierra (ver gráfico superior). Este ángulo resulto ser de 7º 12' ( = 7'2º). Lo otro que tenía que averiguar era la distancia entre Siena y Alejandría, que no se conocía con exactitud así que le pagó a un ayudante para que midiera la distancia a pie entre las dos ciudades. Encontró que la distancia era de 5.000 estadios. Realizó los cálculos con la ayuda de la matemática de Pitágoras y concluyó que la circunferencia de la Tierra medía 360·5000/7'2; es decir, 250.000 estadios. Aunque no se tienen datos exactos, se sabe que el estadio equivale a unos 160m (actualmente se suele tomar 158m). Por tanto, 250.000 estadios son aproximadamente 250.000*160/1000 = 40.000 Km. Esto equivale a un radio de 6.366 Km. o 6.286 si tomamos los 158m, contra los 6.371 Km. que son los admitidos hoy en día.

Esta historia es particularmente interesante porque muestra que en la Grecia Antigua, se comprendió el poder que puede tener una sola persona cuando está dispuesta a buscar la verdad y lo importante que es que haya un sistema para corroborar, discutir y confirmar teorías. Pero sobre todo, el poder que nos da el dudar del conocimiento predominante y aceptar verdades distintas cuando se aportan las pruebas necesarias y se siguen protocolos para reducir el efecto de nuestros sesgos. Por cierto, si un terraplanista se diera a la tarea de repetir el experimento de Eratóstenes, estudiara óptica e hiciera sus propios experimentos con telescopios y cruzara cuentas, encontraría los mismos resultados en los que se basa la ciencia moderna.

Por supuesto que este poder en manos de las masas resultaba muy peligroso para los poderes predominantes en la época así que tan pronto como el Imperio Romano se extendió al territorio de Egipto, el propio Julio Cesar incendió parte de la Biblioteca de Alejandría y un par de siglos más tarde, la biblioteca terminaría cayendo del todo en medio de refriegas entre judíos y Cristianos, o sea, una de tantas guerras entre “ellos y nosotros”.

A partir de allí nos esperarían más de 1000 años de oscurantismo en lo que se conoce como la edad oscura. Durante 10 siglos, la humanidad se resistió al avance de la ciencia y la única verdad que se aceptaba era la de los libros sagrados. Por supuesto que las guerras entre los seguidores de cada texto estuvieron a la orden del día y tuvimos que atravesar las infames cruzadas, guerra santa y demás atrocidades.

Tuvimos que esperar hasta el Renacimiento, que se llamó así precisamente porque fue el renacer de las ideas de la Antigua Grecia, para seguir avanzando y evolucionando hacia una sociedad moderna. Pero lo que se conoció en su momento como la revolución del conocimiento, más bien fue, como lo dice Noah Harari, una revolución de la ignorancia. Volvimos a aceptar que había cosas que no sabíamos, que no había un libro que tuviera todas las respuestas y que podíamos estar equivocados. Esa fue la puerta para el avance hacia el conocimiento. Es la duda y no la certeza la que nos empuja hacia la luz.

Entonces, después de todo este viaje por la historia, podemos reconocer que nuestro escepticismo ante el conocimiento oficial tiene unas bases muy hondas y bien justificadas. Por naturaleza desconfiamos de los que están en el poder y tenemos el instinto de investigar por nuestra cuenta y encontrar la verdad. Pero esta investigación no puede desconocer de tajo todo lo que millones de personas han descubierto antes que nosotros. Imagínense que cada médico tuviera que inventar la penicilina por su cuenta o aprender a extraer tumores a ensayo y error. ¿Estarías dispuesto a dejarte operar por un médico “escéptico” que no cree en la teoría de la cirugía moderna? ¿Guardarías tu dinero a un banco que no cree en las teorías modernas de economía o en la matemática financiera? ¿Comprarías un celular proveniente de una empresa que no cree en la física de los semiconductores o que decidió inventar por su cuenta el procesador o las pantallas LED?

Hemos logrado todos los avances como especie recurriendo al conocimiento acumulado por miles de años pero también dudando en todo momento y estando dispuestos a aceptar nuevas verdades cuando están apoyadas por un método riguroso, pruebas estrictas y el respaldo de la comunidad académica. Durante dos siglos y medio aceptamos la física mecánica de Newton como la verdad absoluta que gobierna la física en el Universo, pero luego llegó Einstein y replanteó muchas de esas leyes a la luz de nuevas observaciones, una matemática muy compleja y el apoyo de cientos de investigadores que trabajaron con él. Muchos se resistieron pero el peso de las evidencias prevaleció.

Esto me lleva al último punto que quiero tratar: El escepticismo es nuestra herramienta más poderosa, pero sólo cuando es utilizada por personas rigurosas, disciplinadas y que además son escépticos consigo mismo. Para investigar hay que dudar de las propias observaciones, contrastarlas con otros investigadores, buscar estrategias para reducir los sesgos de la propia mente, probar teorías alternativas para descartar otras posibilidades etcétera.

Lo bueno es que este sistema no es monopolio de las grandes Universidades ni de ningún gobierno. Si queremos saber la verdad sobre las vacunas o sobre la economía o sobre el calentamiento global no basta con gastar muchas horas en foros de Internet o viendo videos de YouTube. Hay que ir a la academia, invertir años en estudiar el conocimiento acumulado, partirse la cabeza con matemáticas avanzadas, con ecuaciones químicas, invertir cientos de horas en laboratorios, experimentos de campo, realizando estudios clínicos. El conocimiento no es exclusivo de nadie pero tampoco está al alcance de cualquiera.

En el próximo episodio voy a hablar del conocimiento ancestral porque como digo, nadie tiene el monopolio del conocimiento y nuestros ancestros amerindios, los pueblos antiguos de Asia y otros desarrollaron sistemas similares y fueron capaces de desarrollar conocimiento complejo de medicina, astronomía, química y en temas como psicología y sociología, podría decirse que desarrollaron sistemas incluso más sofisticados que las sociedades occidentale.s

Me alargué un poco pero esto es todo por hoy, nos vemos pronto..

Buen camino y buena brisa!

https://en.wikipedia.org/wiki/Eratosthenes

https://ehistory.osu.edu/articles/burning-library-alexandria

PS: Sabes quien es el de la foto? Escríbelo en los comentarios!

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