Epistolar
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Jan 20, 2021
Carta de Marie Curie a su difunto esposo Pierre (Lee Ana María Picchio)
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¡Bienvenidos y bienvenidas! A la tercera temporada de Epistolar. Estamos muy contentos de retomar el contacto con ustedes a través de las cartas, que cuentan retazos de vida de personajes fascinantes.

El piano que escuchaste en la intro es una interpretación de Pía Garmendia exclusiva para Epistolar e inspirada en la música de José Ferrufino. Y la guitarra y la melodía que suenan ahora son también de José, un viejo amigo de la casa. El diseño del arte es de Cecilia Buldain y esta es una producción de Diego Jemio y Tomás Sprei.

Ahora vamos a las cartas. Hay muchas formas de presentar a Marie Curie. Y quizás ningún intento logre dar noción de su inmensa vida. La polaca fue una de las madres de la ciencia moderna, alguien que dedicó la vida al conocimiento. Sus investigaciones le valieron dos premios Nobel. Uno de Física en 1903, junto a su marido Pierre. Así se convirtió en la primera mujer en obtener ese galardón. Y otro de Química en 1911, ya en solitario.

Pero esta carta habla menos de ciencia y más del vacío de una pérdida. Tres años después de ganar el primer Nobel, Marie Curie perdió a su marido Pierre, que murió atropellado por un coche de caballos en París. En esta carta, publicada en uno de sus diarios, ella le dice cuánto lo extraña. Le cuenta que el trabajo la salva. Le cuenta que está sola en el laboratorio. Y que así, al menos, tiene la ilusión de conservar un resto de su vida.

Lee -y es un honor para nosotros contar con ella- la actriz Ana María Picchio.

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Mi pequeño Pierre, quisiera decirte que los ébanos falsos han florecido, y que las glicinias y el espino blanco y los lirios también empiezan a hacerlo. Te habría encantado ver todo esto y calentarte al sol. Quiero decirte también que me han nombrado para tu puesto y ha habido imbéciles que me han felicitado. Y también que sigo viviendo sin consuelo y que no sé en qué me convertiré ni cómo soportaré la tarea que me queda. Por momentos, me parece que mi dolor se debilita y se adormece, pero enseguida renace tenaz y poderoso.

Quiero decirte que ya no me gustan ni el sol ni las flores. Verlos me hace sufrir, me siento mejor con un tiempo sombrío como el del día de tu muerte. Y si el buen tiempo no me parece odioso es porque mis hijas lo necesitan.

El domingo por la mañana fui a la tumba de mi Pierre. Quiero hacer un panteón y habrá que trasladar tu ataúd.

Trabajo en el laboratorio todos los días, es todo lo que puedo hacer; estoy mejor ahí que en ningún otro sitio. Siento cada vez más que mi vida contigo se ha terminado irrevocablemente.

Pierre mío, todo ha pasado ya y la vida se aleja de mí cada vez más; me queda la tristeza y el desaliento. No concibo nada que me pueda dar una alegría personal salvo quizá el trabajo científico; y tampoco, ya que si lo consiguiera, me afligiría que tú no supieras nada. Pero este laboratorio me produce la ilusión de conservar un resto de tu vida y las huellas de tu paso.

He encontrado un pequeño retrato tuyo junto a la balanza, un retrato de aprendiz, es cierto, y en absoluto una obra de arte, pero con una expresión sonriente tan bonita que no puedo mirarla sin que los sollozos me agiten el pecho. Porque nunca más volveré a ver tu dulce sonrisa.

Marie Curie.

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